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domingo, 12 de agosto de 2007

Fischer se enroca en Islandia

Nota escrita por Leontxo García para el diario El País de España de hoy.
Bobby Fischer e Islandia forman una pareja misteriosa y excepcionalmente atractiva. El ajedrecista más carismático de todos los tiempos, a caballo entre la genialidad y la paranoia, perseguido con saña por el Gobierno de EE UU por violar el embargo contra Yugoslavia en 1992, expulsado como cliente por un banco suizo, ha encontrado paz y asilo político en uno de los países más fascinantes y vanguardistas, donde el ajedrez es una pasión nacional. Fischer, oculto en Reikiavik, cumplió el 9 de marzo 64 años (uno por cada casilla del tablero) de una vida digna de un Oscar.
"Fischer puso a Islandia en el mapamundi en 1972". Lo dice el insigne jubilado Fridrik Olafsson en su elegante casa frente a la bahía, y se entiende mejor tras recorrer el paisaje lunar que separa el aeropuerto de Keflavik de Reikiavik: blanco, negro, llano y desierto, como un tablero de ajedrez sin piezas; nieve en invierno y lava, sin un solo árbol en casi 50 kilómetros. En 1972, el estadounidense destronó a Borís Spasski y acabó con el reinado absolutista de los ajedrecistas soviéticos tras el duelo más resonante de la historia. Se disputó en el Laugardalur, un complejo polideportivo y de exposiciones que aún existe, y también se conserva la mesa de juego, que si pudiera hablar recordaría la tensión extrema que sintió alrededor.
Olafsson, gran maestro de ajedrez y abogado, fue presidente de la Federación Internacional de Ajedrez (FIDE) y del Parlamento de Islandia, el más antiguo del mundo (se creó en el siglo X). Y no exagera: la imagen de su país en el mundo era la de unos cuantos miles de pescadores que malvivían en una isla perdida en la inmensidad del Atlántico Norte. Pero aquel duelo salpimentó aún más la guerra fría: el secretario de Estado norteamericano, Henry Kissinger, intervino personalmente para convencer al díscolo Fischer de que viajase a Islandia aunque no se aceptasen todas sus condiciones, y a pesar de sus temores sobre la intervención del KGB; para estimularle, un millonario británico, James Slater, dobló la bolsa, con 125.000 dólares; la derrota de Spasski en el deporte que mostraba "el esplendor de la URSS" causó enorme rabia y disgusto en el Kremlin, mientras los libros y juegos de ajedrez se agotaban en casi todo el mundo. Islandia fue noticia cotidiana durante dos meses, gracias a Fischer.
De ahí que sea muy difícil encontrar hoy a un islandés a quien le parezca mal que su Gobierno concediese asilo político a Fischer en 2005, cuando estaba preso en una cárcel japonesa. Detenido por una orden internacional de busca y captura, Washington había pedido su extradición por haber disputado, a cambio de tres millones de dólares, un duelo de revancha con Spasski en Sveti Stefan (Montenegro) y Belgrado (Serbia) durante el embargo internacional contra la extinta Yugoslavia. "Lunático y genial", "genio enfermo y solitario" y "maravilloso ajedrecista y pobre hombre" son las definiciones que el autor de este reportaje escuchó por doquier, en la calle y en clubes de ajedrez, durante cinco días de los ciudadanos de toda edad y condición en un país rico, tan atractivo como caro, con turismo de alto nivel y servicios sociales buenísimos, que ya no necesita ninguna publicidad para prosperar.
Casi todos los islandeses juegan al ajedrez desde que, en el siglo XI, fue introducido en el país por súbditos ingleses de Canuto el Grande, rey de Dinamarca, Noruega e Inglaterra. Hoy, explicar a un islandés que la práctica del ajedrez desarrolla la inteligencia es tan innecesario como aleccionar a un jiennense sobre los beneficios del aceite de oliva: se practica masivamente en los colegios, y los grandes maestros (la categoría más alta) con dedicación exclusiva reciben un sueldo estatal de unos 3.000 euros mensuales. Además del citado Olafsson, otros ex jugadores profesionales son hoy ciudadanos eminentes. Por ejemplo, Margeir Petursson, presidente del banco que lleva su nombre, MP, que canaliza las cuantiosas inversiones islandesas en Ucrania, las repúblicas bálticas y otros países del este de Europa; o Johann Hjartarson, abogado de la prestigiosa empresa de biogenética Decode.
Ciertamente, este país tan avanzado, recóndito y tolerante -el matrimonio entre homosexuales se legalizó en 1996- es el idóneo para que "un genio lunático" disfrute de su vejez en paz, a pesar de las barbaridades que ha dicho en varias ocasiones y de su antijudaísmo patológico, que le ha llevado a negar el holocausto perpetrado por los nazis. El primer ministro islandés lo advirtió: "El señor Fischer gozará de todas las ventajas de ser un ciudadano islandés y un asilado político, pero debe asumir también sus responsabilidades". Olafsson, Petursson y Hjartarson, así como los poquísimos amigos islandeses de Fischer, le han prometido que no hablarán sobre él con una grabadora en marcha, pero todos coinciden: "Parece imposible que una persona tan inteligente pueda sostener ideas tan descabelladas. Hemos intentado convencerle de que se equivoca, sin éxito alguno. Y quizá sea demasiado tarde para que le vea un médico. Entre otras razones, por su manía persecutoria; teme que un psiquiatra le haga daño a propósito, o le envenene con píldoras". Esa obsesión ha provocado también que Fischer rompa su relación con una de las personas que más se han esforzado en ayudarle, Saemi Palsson, su guardaespaldas durante el Mundial de 1972, a quien ahora acusa de ser "agente de la CIA".
Como les ocurre a millones de aficionados al ajedrez en todo el mundo, para quienes Fischer sigue siendo su ídolo aunque ello les obligue a volverse sordos ante sus chirriantes exabruptos, los islandeses valoran más su lado bueno. Lo explica Gudmundur Thorarinsson, quien sufrió grandes pesadillas durante aquel histórico duelo contra Spasski de 1972, cuando él era presidente de la Federación Islandesa de Ajedrez, con la obligación de soportar las tremendas exigencias de Fischer; por ejemplo, que no hubiera cámaras de televisión, a pesar de las importantes pérdidas económicas que ello acarreaba; o jugar una de las partidas entre bastidores, sin público. Hoy, Thorarinsson es miembro del Comité de Ayuda a Fischer: "Aparte de que Islandia está en deuda con él, ayudarle es una cuestión de pura justicia. Que yo sepa, no hay nadie más que siga siendo perseguido, quince años después, por violar el embargo contra Yugoslavia. Para empezar, dudo de que jugar unas partidas de ajedrez suponga tal violación. Además, cualquiera que haya leído la autobiografía de Clinton recordará cómo se muestra condescendiente con las empresas estadounidenses que traficaron con armas durante la guerra civil de Yugoslavia", recuerda Thorarinsson en su amplio despacho de consultor de ingeniería. Tampoco olvida la fuerte impresión que le produjeron unas palabras que atribuye a la embajadora de EE UU en Islandia, Carol van Voorst: "Cuando le expresé mi asombro porque siguieran persiguiendo a Fischer quince años después, me contestó que su delito, con castigos que pueden llegar a los 250.000 dólares de multa y 10 años de cárcel, no prescribe nunca porque se considera una traición a EE UU". Sin embargo, un portavoz de la embajadora dijo a EL PAÍS que "no recuerda" haber dicho eso y que desconoce si la situación actual es igual ahora que en 2005.
La saña de Washington contra Fischer hace que algunos de sus amigos crean que el Gobierno de EE UU presionó al poderoso banco suizo UBS para que cancelase su cuenta y transfiriese los fondos a Islandia en contra de la voluntad de su cliente; otros atribuyen ese rarísimo comportamiento de un banco helvético a las manifestaciones antijudías de Fischer, conectándolas con el dinero de los nazis en bancos suizos. En todo caso, los 111 folios de documentación sobre el asunto que Fischer guarda escrupulosamente aclaran lo que ocurrió, pero no el porqué. El UBS transfirió el 5 de agosto de 2005, sin el permiso de Fischer, 3.058.731,66 francos suizos (1,9 millones de euros) a un banco islandés. La tercera parte de esa cantidad corresponde a depósitos en oro y plata que el banco liquidó en un momento de cotización muy desfavorable para Fischer, quien asegura que un directivo del banco le había confesado telefónicamente: "Estamos sufriendo una presión tremenda en este caso". Sin aclarar a qué se refería.
Además de la deuda moral de Islandia y de la justicia, Thorarinsson arguye un tercer motivo para apoyar a Fischer: "Es uno de los grandes héroes del deporte de todos los tiempos. El Mundial contra Spasski de 1972 en Reikiavik fue bautizado como el duelo del siglo, pero yo creo que sería más preciso el Duelo de la Historia, con mayúsculas. Estamos hablando de un hombre solo, de origen pobre, rebelde e independiente, contra todo el imperio soviético, que apoyaba el ajedrez con recursos gigantescos porque lo consideraba un escaparate de la grandeza comunista. Fischer, hombre de inteligencia excepcional, dedicó lo mejor de su vida a una sola cosa, olvidando su formación como ser humano. Ésa es la fuente de todos sus problemas". Y para reforzar lo de la inteligencia, recuerda una anécdota de 1972: "Fischer llamó a casa de Olafsson, y contestó la hija de éste, de 10 años, con unas frases en islandés que Bobby me repitió perfectamente al día siguiente, a pesar de que no conocía el idioma, para que yo le tradujera lo que había dicho la niña".
La nueva victoria sobre Spasski en el duelo de revancha de 1992 en la extinta Yugoslavia y el depósito de los tres millones de dólares del premio en el banco UBS marcaron una etapa de razonable felicidad. Fischer mantuvo un romance con la húngara Zita Rajcsanyi, tuvo después un hijo con una filipina y terminó asentándose en Tokio, donde conoció a su pareja actual, Miyoko Watai, quien pasa temporadas con él en Reikiavik. Pero sus allegados islandeses aseguran que un hecho acaecido a finales de 1998 le produjo una tremenda amargura, perceptible todavía hoy cuando habla de él: dada su condición de prófugo de la justicia estadounidense y presunto evasor de impuestos, todos sus bienes y recuerdos personales fueron subastados en Pasadena (California). Y aún peor fue su detención en el aeropuerto de Tokio, el 13 de julio de 2004, a punto de volar a Filipinas, cuando un policía comprobó que su pasaporte coincidía con el de un individuo en la lista de órdenes internacionales de busca y captura. El calvario duró hasta el 27 de abril de 2005, cuando el Gobierno islandés le extendió un pasaporte mientras el Comité de Ayuda convencía a las autoridades japonesas para que no concedieran la extradición solicitada por EE UU.
Su vida desde entonces en Reikiavik es casi monacal, en un apartamento cercano al paseo marítimo, siempre desordenado, con libros, revistas y papeles por doquier. Al principio iba asiduamente a las piscinas termales, pero ya no, porque teme que el cloro le estropee la piel; apenas pasea, como le recomiendan sus amigos, preocupados porque está engordando. Va a menudo a librerías de segunda mano y a la biblioteca pública, donde consulta muchos libros de temática variada, relacionados sobre todo con la política internacional; los libreros le describen como "una persona correcta, pero muy reservada". Sigue teniendo un gran apetito, está convencido de que el alcohol en pequeñas dosis cotidianas es beneficioso para la salud, frecuenta los restaurantes asiáticos (tomando antes muchas precauciones en cuanto a su seguridad), y también disfruta del pescado y el cordero en los de cocina islandesa; no va jamás a un club de ajedrez y casi no tiene vida social. Se muestra en contra de un proyecto hidroeléctrico que puede dañar los parajes naturales de Islandia, que son los más grandes de Europa. Y aboga por que su país de acogida rompa las relaciones diplomáticas con EE UU.
El 27 de mayo de 2005 le visitó Spasski, y los amigos de ambos organizaron una comida, pidiendo al dueño del restaurante que lo cerrase, para servirles sólo a ellos preservando su intimidad. Cuando llamaron a Fischer para decirle que ya podía ir, porque todas las medidas de seguridad requeridas habían sido tomadas, él se negó; Spasski fue a su casa para convencerle de que ningún periodista o fotógrafo estaba al corriente de la reunión; Fischer accedió entonces, pero nada más entrar en el restaurante escudriñó todos los rincones para asegurarse de que no había nadie escondido.
Fischer dice con frecuencia que el ajedrez clásico ya no le interesa, que está demasiado influido por las computadoras, e incluso que muchas partidas de la élite están amañadas, aunque no haya ninguna prueba ni indicio de ello. Pero sus propios actos le delatan: el 9 de diciembre, el canal de televisión Rikisútvarpio transmitió una partida rápida en directo entre dos islandeses de segunda fila. Poco después del fin de la partida, Fischer llamó al estudio y propuso un remate bellísimo, mejorando el que se había producido en directo. Ha hablado de la posibilidad de reaparecer en un duelo que se juegue con el sistema Fischer (sorteando la posición de las piezas antes de cada partida), siempre que los honorarios y premios le satisfagan. Sin embargo, sigue teniendo mucho miedo de ser "secuestrado" por el Gobierno de EE UU si el encuentro se disputa fuera de Islandia, como lo tuvo durante las escalas en Londres y Copenhague cuando voló desde Tokio a Reikiavik. Preguntado por la situación legal de Fischer en un tercer país, el portavoz de la Embajada norteamericana en Islandia dijo ignorar la respuesta.
Durante mi estancia en Reikiavik para elaborar este reportaje escribí tres cartas a Fischer, que él recibió a través de uno de sus pocos amigos, el gran maestro Helgi Olafsson. En ellas le recordé nuestros agradables encuentros de 1991 (Francfort y Los Ángeles) y 1992 (Sveti Stefan y Belgrado) y propuse que nos viéramos.
Le insistí en su simbólico 64º cumpleaños (uno por cada casilla del tablero) del 9 de marzo y en el gran interés público de una entrevista grabada en la que, entre otros temas, podríamos hablar de política internacional, que tanto le atrae. Y le garanticé que podría leer el texto antes de su publicación, como exigió siempre en las pocas entrevistas concedidas a lo largo de su vida. Tras la tercera misiva, Olafsson me contesta: "A pesar del odio de Bobby a los periodistas en general, su opinión sobre usted es muy positiva, y recuerda con agrado sus encuentros anteriores. Quizá le llame a su hotel, probablemente de noche. Como usted sabe, es un hombre de mucha vida nocturna".
En un hotel cercano a su casa, paso pegado al teléfono de mi habitación el 8 de febrero, último día de mi estancia, y duermo con el aparato muy cerca, pero no suena. De madrugada, en la carretera que atraviesa el paisaje lunar camino del aeropuerto, pienso en que quizá sea mejor así: cada vez que habla, Fischer es incapaz de sujetar a sus demonios, esos que han manchado y enturbiado una vida excepcional, y han dañado un cerebro muy poderoso, que podría haberse aprovechado mucho más, tanto en el ajedrez como en otros campos. Tal vez ésta sea su penúltima jugada genial: el enroque con Islandia.
Solo y superdotado
Conocer la infancia de Fischer es imprescindible para comprender su vida. Nació en Chicago en 1943, en plena II Guerra Mundial. La miseria y el hambre dominaron sus primeros cumpleaños. Bobby ya era un niño solitario, como reconoció años después, ya adulto: "Mi padre dejó a mi madre cuando yo tenía dos años. Nunca le he visto. Mi madre sólo me dijo que su nombre era Gerhardt y que era de origen alemán. Los niños que crecen sin un padre se vuelven lobos". Regina, judía, hiperactiva, culta, políglota (hablaba seis idiomas), simpatizante del comunismo, estudiante de medicina durante cinco años en Moscú, fue investigada por el FBI, que la consideraba paranoica y sospechosa de espiar para la Unión Soviética. Todo indica que, en realidad, el padre biológico de Fischer no fue el biofísico Gerhardt (supuesto espía de Alemania Oriental), sino el inmigrante húngaro Paul Nemenyi, genial científico de física atómica y colaborador en la construcción de la bomba nuclear, muerto el 1 de marzo de 1952. Tras las mudanzas a California, Arizona y Nueva York, el ajedrez le enganchó con tal fuerza, a los seis años, que su mente se convirtió en una llanura blanquinegra y desértica, como el paisaje desde Keflavik a Reikiavik. Su madre se preocupó mucho por esa obsesión, como les ocurrió más tarde a las de los soviéticos Anatoli Kárpov y Gari Kaspárov; pero, a diferencia de éstas, ni Regina ni su familia y allegados ni los profesores de Bobby lograron que el niño se desarrollase como persona, a pesar de que su cociente intelectual era de 180, altísimo incluso para un superdotado (a partir de 130), según certificó el colegio Erasmus Hall.
Harta de las constantes broncas con su hijo, Regina le dejó viviendo solo en Brooklyn y se fue al Bronx. Él tenía 16 años y ya había ganado dos veces el Campeonato Absoluto de EE UU; un día dejó los estudios: "Los maestros me parecen más estúpidos que los propios alumnos", y convirtió su vida en un caos; quienes le visitaron en su casa por aquella época aseguran que el desorden era terrible, al igual que las pocas personas que le han visitado en su actual domicilio de Reikiavik.
Desde ese momento se desarrollaron sus fobias contra comunistas y soviéticos, paralelamente a su enorme talento para el ajedrez. Muchos le consideran el mejor jugador de todos los tiempos, y ni siquiera Kaspárov lo niega.

martes, 20 de marzo de 2007

Bobby Fischer: El genio díscolo

El extenso mundo del deporte esta plagado de personajes con historias de vida fascinantes. Las hay alegres, tristes, épicas, emotivas y caóticas. En esta última categoría se podría encuadrar la de Robert James Fischer, más conocido en todo el planeta como Bobby Fischer. La existencia de este ajedrecista que es considerado por muchos como el mejor de todos los tiempos, esta plagada de polémicas, gloria, misteriosas desapariciones y partidas de ajedrez que ocupan un lugar destacado en libros referidos al mundo de los trebejos.
Fisher comenzó a mover sus primeras piezas en el tablero a temprana edad de 6 años en diferentes clubes de Nueva York, ciudad a la que había llegado junto con su madre y su hermana provenientes desde Chicago. Cuando empezó a tomarse esta actividad más en serio, el nacido en una tradicional familia judía y con padres separados no mostraba grandes destrezas, pero su explosión llegaría en la adolescencia, cuando con sólo 16 primaveras y con un coeficiente superior al de Albert Einstein logró las normas necesarias para ser Gran Maestro.
A partir de ese momento, Fischer se convirtió en imbatible y comenzó una carrera directa hacía el estrellato. Los medios más importantes de Estados Unidos comenzaron a darle un espacio mayor al ajedrez como consecuencia de la aparición de este precoz genio. Cada vez que se presentaba en alguna competencia era la máxima atracción, inclusive por encima de jugadores de mayor edad, títulos y experiencia. Gracias a sus magistrales partidas, fue conocido como el Mozart del ajedrez.
La imagen más normal en aquel momento después de cada torneo era ver a Fischer campeón y logrando triunfos aplastantes. Uno de los encuentros más recordados de la carrera del nacido el 9 de marzo de 1943 fue en el campeonato de Estados Unidos de 1956, cuando con negras superó en 41 movidas a Donald Byrne. Este match pasó a los anales del ajedrez y recibió el nombre de La Inmortal del Siglo XX.
Así como en estos días el suizo Roger Federer domina a placer el circuito de tenis, Fischer, de algún modo, hacía lo mismo con el juego-ciencia. El desenlace de los torneos era siempre el mismo: Fischer en lo más alto de las posiciones y con el trofeo en la mano. El peor resultado fue un segundo puesto en Santa Mónica en 1966. Pero a pesar de ser la máxima atracción y el hombre a vencer, el título del mundo se le negaba. Reiteradas peleas con los dirigentes y las innumerables condiciones que colocaba para jugar lo alejaban del logro más importante que puede obtener alguien que se sienta delante del tablero de 64 casillas. Por esos años, el campeón del mundo se dirimía entre los soviéticos, ya que la URSS era por escándalo la potencia por excelencia. Después de décadas de dominio ruso, Fischer se encargo de derrumbarlo.
A principios de la década del 70, para llegar a disputar el match por la corona mundial había que pasar una dura competencia que se denominaba el Torneo de Candidatos. En este certamen participan los mejores 8 del ranking de la Federación Internacional de Ajedrez (FIDE) y ganador de este duro certamen que duraba 3 años, tenía derecho a enfrentar al campeón del mundo para destronarlo. A pesar del amplio dominio que tenía Fischer, recién pudo llegar a la pelea por la corona mundial en 1972, que en ese momento estaba en poder del soviético Boris Spassky, uno de los rivales más importantes que tenía el estadounidense. Sin saberlo, los dos rivales se iban a convertir en los protagonistas de uno de los hechos deportivos más trascendentes de la historia.
Todo comenzó cuando Fischer ganó el Torneo de los Candidatos casi sin despeinarse. En primera ronda venció a Mark Taimanov por 6-0, en la siguiente instancia, que tuvo como sede a Buenos Aires, superó al danés Bent Larssen por el mismo resultado y, por último, despachó a Tigran Petrosian, uno de los grandes maestros de todos los tiempos, por 6,5-2,5.
El triunfo de Fischer le generó el primero de los varios dolores de cabeza que iba a tener la FIDE con este match, que era la elección de la sede. Como siempre se enfrentaban dos soviéticos, se elegía una ciudad detrás de la Cortina de Hierro y el asunto estaba terminado. Pero ahora la situación era distinta. Después de muchas ideas y vueltas, el lugar elegido fue Reykiavik, capital de Islandia.
Los pormenores que tuvo este match no entrarían en esta nota ya sería que sería necesario un libro (de hecho hace poco salió uno muy recomendable que llama Bobby Fischer fue a la guerra). Pero, para resumir, Fischer no llegó a tiempo porque a último momento no acepto el dinero que le ofrecían, pero por presiones de su entorno, de la prensa, de la Casa Blanca y de un empresario inglés presidente de la federación de británica que aportó el dinero restante, obligaron al retador hacerse presente en tierras islandesas.
Después de casi dos meses de una cruel guerra psicológica, Fischer se alzó con el título del mundo al imponerse a Spassky por 12,5-8,5. Así rompía la hegemonía y todo parecía indicar que empezaba una nueva era en el juego-ciencia, pero no fue así.
Como rey de los trebejos, Fischer desapareció. No participaba en ningún campeonato y poco era lo que se sabía sobre su paradero. En 1975 debía defender su título ante un joven Anatoly Karpov, pero por sus desavenencias con la FIDE no se presentó a disputar ningún partido y así perdió el título que volvió a suelo socialista. El negarse a presentarse a defender su corona fue el último dato concreto que se tuvo de Fischer, ya que fue como si la tierra lo hubiera tragado.
El ex campeón volvió a dar señales de vida en 1992, cuando en Belgrado, capital de Yugoslavia, se enfrentó en un match revancha no oficial ante Spassky, ahora nacionalizado francés. A Fischer le importó muy poco las sanciones de la ONU que pesaban sobre el país del este de Europa e igualmente se presentó a jugar. Este acto de rebeldía, por llamarlo de alguna manera, le valió un orden de captura internacional por parte del FBI.
Nuevamente, Fischer se esfumó después de vencer a Spasski 10-5. Todo lo que rodeaba a uno de los grandes genios del ajedrez era un misterio para todos, no había ni siquiera una mínima pista de dónde estaba. Fiel a su estilo siempre polémico, Fischer comenzó a dar una serie de entrevistas radiales en medios del sudoeste asiático con la única exigencia de que fueran en vivo. Por lo general, sus respuestas apuntaban a criticar de manera muy dura a George Bush.
Pero el pináculo de sus dichos llegó el 11 de septiembre de 2001. Mientras en Nueva York la Torres Gemelas pasaban a la historia y se cobraban miles de victimas, Fischer estaba dando una nota para una radio tailandesa. Lo que estaba ocurriendo en la ciudad en donde él empezó con el ajedrez fue una gran noticia, ya que se alegró de las informaciones que llegaban desde su país natal. Como era lógico, sus declaraciones causaron un alto grado de indignación en Estados Unidos.
En 2004, Fischer volvió a aparecer. Fue en el aeropuerto de Tokio, en donde fue detenido por poseer un pasaporte vencido. Inmediatamente el Estado estadounidense pidió que lo deportaran, cosa que se cumplió después de muchos tires y aflojes. Fischer pasó uno días detenidos en su país, pero tuvieron que liberarlo porque desde Islandia el gobierno de aquella nación le había otorgado la ciudadanía islandesa. Una vez libre, el ex monarca del ajedrez se fue para la tierras gélidas del norte, en donde se cree que todavía esta.
En la actualidad no se sabe nada de Fischer. Se cree que continúa en Islandia y que tiene una hija, pero nadie lo puede confirmar. El mito dice que es un habitual participante en sitios de Internet en los cuales se pueden jugar partidos de ajedrez online, ya que algunos testigos dicen haber reconocido algunas jugadas características del gran maestro. Más allá de las leyendas o de sus declaraciones explosivas, Bobby Fischer sobre el tablero no dejo dudas de que era un genio increíble.
Foto 1: Momento del histórico enfrentamiento por el título del mundo entre Spassky y Fischer. (http://www.hisnibs.com)
Foto 2: Una de las última imagenes que se conocieron de Fischer. (www.wikipedia.org)
Este video es un informe de ESPN sobre Bobby Fischer en donde se incluyen las declaraciones sobre lo ocurrido el 11 de septiembre de 2001.